(Es un cuento para el curso de lenguaje, si prefieres obvialo y lee la siguiente entrada)
Guillermo despertó. Estaba en su cama, ese era su cuarto. Se levantó y fue al baño. Encendió la luz para ver mejor. Vio a alguien en el espejo. En donde debía estar el reflejo de su rostro estaba un perfecto extraño. Se asustó y estuvo a punto de gritar, pero algo lo contuvo. Si bien no podía reconocer el reflejo en el espejo, tampoco podía recordar su rostro. El rostro que había tenido desde la adolescencia había desaparecido de todo recuerdo. No recordaba su peinado, tampoco la forma de su nariz o el color de sus ojos. Se sintió frustrado. Frente a él, un hombre barbudo y desaliñado lo miraba asustado.
No desesperó, siempre había tenido una explicación razonable para todo. Pensó en lo que hizo la noche anterior. Recordó que había estado con sus amigos bebiendo. Recordaba el lugar, la música y la marca de las botellas. No recordaba el rostro de sus amigos. Recordaba quienes eran, sus nombres, la ropa que llevaban ese día. Pero no recordó sus rostros. Trató de darse ánimo diciéndose que había tomado demasiado y que de seguro era algún efecto del alcohol. Sabía que no tenia sentido, era un pensamiento idiota, pero se sintió reconfortado por un momento. Lástima que no duro tanto como hubiera deseado.
Resignado se vistió. Salió de su cuarto, fue a la cocina. Vio a su hermana. O al menos pensó que era su hermana. Esa era su ropa, pero no sabia si ese era su pelo. Estaba de espaldas preparando café, se veía algo preocupada. La llamo por su nombre, su voz le pareció rara pero no tenia con que compararla. Tampoco la recordaba. Ella volteó, y dio un grito entrecortado. Lo miro y solo atinó a decir. “¿Guillermo?”. Guillermo no supo que responder. La miro a los ojos y no hizo falta más. Pese a que no recordaba como eran sus ojos, no le fue difícil encontrarla en aquel par de ojos verdes. Se quedaron en silencio un momento, estudiándose el uno al otro, como tratando de encontrar algún rasgo familiar. Algún recuerdo.
Tomaron desayuno aún mirándose, conociéndose, descubriéndose, tratando de recordar. Finalmente Guillermo se atrevió a preguntar. “¿Qué nos ha pasado?”. Sabía que no habría respuesta, pero no podía seguir con la duda. Ella lo miró. “No lo se” murmuró, “no lo entiendo”. Volvieron a callar.
Guillermo prendió el televisor. En lugar del noticiero habitual estaba dando una repetición de un dibujo animado antiguo. Guillermo cambió de canal intentando hallar una respuesta. Fue inútil. No había un solo programa en vivo. Solo retransmisiones.
No aguantó más, salió de su casa. Su hermana prefirió quedarse. Tenía miedo.
En la calle, solo vio extraños. No es que conociera a mucha gente por su barrio de todas formas. Había pocos carros en la calle. Casi ningún bus, tampoco taxis. Siguió caminando, en dirección a su oficina. Quedaba lejos, pero no había medio de transporte.
Escuchó un carro, era un taxi. Lo detuvo. “¿A Miguel Dasso?” “15 soles” Subió. Era el doble de lo que solía pagar pero no le importo, no estaba para juegos. Durante todo el trayecto no dejo de mirarse en el espejo. El taxista manejaba sin cuidado, se veía distraído. Guillermo le preguntó si estaba bien. El taxista respondió que sí, pero que en la mañana había tenido un inconveniente. Guillermo no preguntó nada más. Llegaron rápido, había poco tráfico.
…
En la puerta del edificio esta parado un portero. Podría ser cualquiera. No había forma de reconocerlo. El portero miró a Guillermo. Era evidente que este no sabía que hacer.
Guillermo lo saludó, como saludaba al portero todos los días. Este le devolvió el saludo y le abrió la puerta. En la cara del portero se notaba que frente a él tenía un perfecto extraño. Guillermo no reparó en ello y entró sin más. Tomó el ascensor. Estaba vacío.
Cuando Guillermo entró a la oficina nada parecía extraño. Los pasillos despejados como siempre, ruido de conversaciones telefónicas y de teclados. Todo parecía normal. Marcó tarjeta. Caminó lentamente a su cubículo, y pudo ver a un grupo de desconocidos trabajando en donde usualmente estaban sus compañeros de oficina. Intuyó que eran ellos mismos. Llego a su pequeño espacio de trabajo, se sentó y empezó a trabajar como si nada hubiera sucedido. A la hora de almuerzo uno de los tantos desconocidos se acerco a su cubículo y le dijo, como dudando, si quería ir a comer al restaurante de en frente con un grupo de la oficina. Guillermo dio un rápido vistazo al foto check que colgaba del cuello del extraño. Leyó el nombre de un amigo. Aceptó.
En el restaurante estaba reunido, en una mesa grande, el grupo de siempre. El grupo que el día anterior había estado bebiendo hasta muy entrada la noche. Todos estaban callados, como preocupados por algo, pero nadie decía nada. Guillermo se sentía alarmado, deseaba gritar, decir algo, preguntar que era lo que pasaba. Pero no podía.
No quería ser visto como un loco. Un grito rompió la atmósfera de silencio que reinaba en el restaurante. Por la ventana vieron a un hombre correr mientras gritaba pidiendo alguna explicación. Las mujeres del grupo rompieron a llorar. Los hombres las reconfortaban diciendo que todo estaba bien. Que no pasaba nada. Guillermo no aguantó y se fue. Quería averiguar que pasaba.
Salió a la calle, y vio que el hombre que hace un instante corría estaba tirado en el piso. Alrededor de el un charco de sangre. Un policía lloraba en silencio al lado del cadáver.
Al parecer, no pudo soportar la pregunta del “loco”. Era mejor pretender que nada había cambiado. Que todo seguía igual. Guillermo pensó en el muerto. Había muerto por ser el único con valor suficiente como para reconocer que algo estaba mal. El policía seguía al lado del cadáver pero ahora una multitud lo consolaba. “Era necesario” decían. “No era más que un loco”.
Guillermo regresó al restaurante. Ahora sabía que de nada valía saber la verdad. Tenía miedo. Se imaginó a si mismo tirado en la acera, sangrando. Se alegró de no haber preguntado. No tenía sentido reparar en lo extraño de la situación. Después de todo, solo habían perdido el rostro. Nada más. Seguía siendo el mismo Guillermo de siempre. Todo era igual. Solo la gente era diferente. La vida seguía, todo seguía. A nadie le importaba. Se dio cuenta de que no habría mas diferencia.
Siguió trabajando toda la tarde como si nada hubiera sucedido. Regresó a casa en micro como lo hacia todas las tardes. Se bajó en el paradero. Cuando estaba a una cuadra de su casa notó que algo andaba mal. Había un tumulto y una ambulancia. Reconoció a su hermana. Ella tuvo el valor de preguntar.
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